Villa romana de la Torrecilla
Proceso constructivo
Situación de la villa
De alguna manera podríamos pensar que la ubicación de una villa romana en lo que ahora se denomina el paraje de la Torrecilla viene a ser el resultado de un proceso que comenzó miles de años atrás. Dicho de esta manera podría parecer un tanto pretencioso, sin embargo, para llegar a esta conclusión debemos tener en cuenta cómo este territorio ha sido testigo de un devenir histórico que ha ido parejo con la evolución de la actividad humana.
Recordemos cómo aquí encontramos restos de las primeras actividades de las sociedades cazadoras y recolectoras, donde grupos de neandertales aprovecharían que este entorno fuese lugar de paso de animales para cazarles o alimentarse de sus cadáveres.
En el neolítico y durante la edad de los metales encontramos tanto restos de pequeñas ocupaciones temporales, ligadas a grupos trashumantes, como pequeños poblados que aprovechan los cursos del río Manzanares y arroyo Culebro para el desarrollo de una economía campesina más o menos estable durante prolongados periodos de tiempo.
No es de extrañar entonces que los conquistadores romanos vieran las posibilidades que tenía esta zona y que, teniendo como objetivo principal el control del territorio y la romanización, organizaran este espacio y a sus habitantes bajo el modelo de propiedad romano.
El lugar reunía las condiciones idóneas para instalar una villae tal y como aconsejaban los agrónomos Varrón, Columela o Catón, escritores romanos expertos en el conocimiento agrícola y en la gestión de las fincas rústicas:
«… la tendremos en clima saludable, tierra fértil, parte en llano y parte en colinas, con pendiente suave hacia el Oriente o Mediodia: habrá en ella porciones de terrenos cultivados, y otras de silvestres y ásperos, no lejos del mar o de un rio navegable que facilite la exportación de los frutos y la importación de las mercancías que hagan falta. Por bajo de la casa de campo habrá una llanura distribuida en prados, tierras de labor, saucedales y cañaverales» (Columela Libro I, cap. II)
Vemos que la ubicación de la villa cumple con estas recomendaciones pues se encuentra junto a un meandro del río Manzanares, donde la propia dinámica fluvial va depositando nutrientes, creando suelos fértiles muy aptos para el cultivo. Al estar situada sobre la segunda terraza del Manzanares, a 5 metros por encima del curso fluvial y a unos 150 metros de distancia de su cauce, le hacía estar alejado de riadas.
Además la villa está a una distancia de apenas 100 metros de la actual cañada real Galiana, camino ancestral utilizado desde la prehistoria para los desplazamientos estacionales del ganado, y cercana a un vado sobre el río Manzanares hace posible que «… finca será más ventajosa si se pueden hacer fácilmente los viajes a ella, por haber caminos accesibles, o por estar cerca de un río navegable.» (Varrón, XVII, 6).
Aunque se destacaba que era importante que estuviese bien comunicada para favorecer la salida de sus productos, también se advertía sobre la cercanía a caminos:
«… no conviene éste, esto es, el camino real, porque los destrozos de los caminantes que pasan por ellos y los continuos hospedajes de los que quieren alojarse en la casería perjudican a nuestros intereses. Por cuyos motivos pienso que conviene evitar estas incomodidades, y no edificarla en camino …» (Columela Libro I, cap. V)
Se localizaba, pues, en un punto estratégico del valle del río Manzanares, cerca de la confluencia con el Jarama, vinculada a las vías de comunicación que unían dos centros de gestión importantes: Complutum (Alcalá de Henares) con Titultiam (Titulcia). No está muy claro la dependencia administrativa y territorial de la Villa, aunque algunos autores indican que el antiguo territorio de Titulcia englobaría, entre otros, al actual municipio de Getafe. (Polo y Valenciano, 2022).
Pero también se encontraba cercana al cruce de caminos que unían Augusta Emerita (Mérida) y Caesaraugusta (Zaragoza), dos centros fundamentales en los ámbitos político, administrativo y comercial de la Hispania romana. Por último, como se ha mencionado, su cercanía a la actual Cañada real Galiana la pone en conexión con otros lugares donde se tienen documentadas ocupaciones de época romana como los yacimientos de Tinto Juan de la Cruz (Pinto) y el Rasillo (Barajas), lo que viene a evidenciar la importancia que tenía esta ruta de tránsito.
Fase I. Suelos blancos
Como ya hemos indicado, posiblemente la construcción de la villa debió iniciarse a partir del siglo II d.C., momento en el que el auge económico y la consolidación del poder de Roma, permitió el establecimiento de una explotación agropecuaria a partir de la reorganización de los viejos núcleos prerromanos.
La vivienda se organizó en torno a un patio interior porticado, que podría haber estado ajardinado, rodeado de una galería de columnas (peristilo) que daba acceso a diferentes estancias domésticas, consiguiendo con ello iluminación, ventilación y crear un lugar de esparcimiento. Este tipo de disposición se ha denominado villa romana de tipo mediterráneo; la forma cuadrada de este patio interior la hace única en la Comunidad de Madrid.
A esta fase constructiva se le ha llamado de «suelos blancos», dado que el material que ha aparecido en los niveles más inferiores de las excavaciones, en algunas ocasiones por debajo de otros pavimentos, presenta un aspecto blanquecino por la mezcla de mortero de arena y cal. Este material sería muy posiblemente la capa de preparación para pavimentar los suelos de las estancias residenciales con mosaicos, opus signium o baldosas.
Los muros se levantaron en mampostería trabada con mortero de cal y arena de río muy fina, se utilizó un fraguado lento que hizo posible un mejor asiento de los materiales, consiguiendo con ello mayor firmeza y estabilidad. Su solidez y resistencia al paso del tiempo permitió que en algunas zonas fueran utilizados como base de los que se construyeron en la Fase II.
En la excavación de 1987 se descubrió un edículo semicircular en la parte central del muro norte, que se ha asignado a esta fase constructiva. Esta pequeña exedra que se introducía hacia el patio podría tener una finalidad decorativa con alguna escultura o fuente o ser simplemente un espacio de descanso. Este tipo de construcción no suele ser frecuente, encontramos una estructura similar en la Villa Romana del Casale.
El hallazgo de teselas en el corredor norte indica que debió cubrirse con mosaico, mientras que el suelo de algunas habitaciones fue pavimentado con opus signium, material de construcción más impermeable.
Se identifican también con esta fase restos de pintura mural en el flanco norte.
Fase II. Suelos rojos
Esta nueva etapa constructiva comenzaría en el siglo IV, tras un aparente periodo de abandono de la villa, aunque no se tiene certeza de las razones que motivarían este hecho. En esta fase se levantaron nuevas paredes, lo que podría evidenciar posibles problemas con la estructura del edificio anterior. En líneas generales los nuevos muros siguen el trazado primitivo, sin embargo ahora se introduce al mortero fragmentos de tejas y ladrillo triturado lo que permite obtener muros con mayor consistencia y resistencia a la humedad (Vitrubio, Libro II, Capítulo 5); se utilizan también ladrillos paralelepipédicos (lateres cocti) y losetas realizadas en piedra tallada.
Se llevó a cabo una redistribución y cambio de funcionalidad de algunas estancias. Así por ejemplo la exedra o edículo semicircular del muro norte se colmató y sobre ella se levantó un edículo que también se adentraba hacia el patio, pero ahora tenía formas rectas, con columnas en los laterales y abierto hacia el interior de la galería. En el mismo eje del muro opuesto (sur) se abrió otro edículo similar lo que obligó a romper el muro columnado original.
También fue transformada una de las estancias de la zona sur, que se encuentra en el mismo eje que los dos edículos. Así, el tramo del muro de la fachada posterior de esta habitación fue abierto para levantar uno nuevo con forma semicircular, creándose de esta manera un gran salón absidado. La entrada a esta nueva sala quedaba enfrente del edículo sur, conformando con ello un amplio espacio que contribuía a dar monumentalidad a lo que podíamos pensar que sería la zona más noble de la casa (Pars urbana). Cabe la posibilidad de que se pretendiera crear una sala de recepción y banquetes (oecus), cuyo suelo estaba realizado con pavimento rojo de ladrillo machacado, de aquí le viene el nombre a esta fase de «suelos rojos». La zona donde se encontraba el ábside estaría algo más elevada que el resto, aquí se encontraron restos de decoración pintada y estuco en relieve. A esta sala se abrieron accesos desde las habitaciones contiguas.
En el ala SE del patio porticado se construyó un espacio destinado a albergar contenedores cilíndricos, posiblemente para enterrar tinajas de vino (cella vinaria). Esta zona es actualmente la única identificada que podría formar parte de la Pars fructuaria, zona de producción, transformación y almacenamiento de una villa romana.
De este periodo de la Torrecilla encontramos ciertos paralelismos en la villa romana de La Dehesa en Las Cuevas de Soria, la villa romana de Arellano (Navarra) y en la villa pompeyana de Boscoreale.
Esta fase constructiva tiene su apogeo durante el siglo IV y hasta finales del siglo V cuando se debió abandonar la villa.
Fase III. Suelos negros
Tradicionalmente con la caída del Imperio Romano de Occidente (476 d.C.) se da por concluida la llamada Edad Antigua, dando paso a la Edad Media. Si seguimos la organización propuesta para nuestra web, esta tercera fase de la villa romana debería formar parte de lo que hemos denominado Hispania visigoda, no obstante, aunque se haga mención a ella en ese apartado, para dar continuidad a sus tres fases constructivas vamos a incluirla en esta página.
Como ya hemos comentado, a finales del Bajo Imperio, se produce un proceso gradual de reestructuración de la sociedad y la economía en el mundo romano, en gran parte motivada por la cada vez más debilitada organización estatal centralizada y por la inestabilidad política y militar provocada por la llegada de los pueblos bárbaros. Estos factores contribuyen a que al término del siglo V se produzca una transformación de las villas romanas, como es el caso de la Torrecilla.
En la villa, desde finales del siglo V, se acometen una serie de reformas que únicamente pueden entenderse por el abandono de sus antiguos propietarios y su ocupación por parte de campesinos, colonos y antiguos esclavos libres que continuaron habitando y trabajando estas tierras, muchas veces sometidos a nuevos señores o aristócratas provinciales.
Se llega a esta conclusión al observar que algunas de las zonas residenciales de las fases I y II, pasan en la actual fase a tener una función destinada a la producción y almacenamiento ligado a la explotación agraria.
En esta redistribución y ocupación de espacios se han observado dos etapas:
- Desde inicios del siglo V hasta principios del VI. En ella se producen esas reordenaciones de espacios adaptándolos a las nuevas necesidades, se levantan muros que aíslan y cierran áreas, sobre todo en las galerías del peristilo. En la capa inferior de los pavimentos se utiliza ceniza mezclada con arena de río, de aquí proviene el nombre que genéricamente se ha dado a esta fase como de «suelos negros». Como novedad, en esta fase se utiliza el adobe como elemento constructivo; en una de las habitaciones aparece mezclado con ceniza y otros desechos para construir un precario horno.
En esa misma habitación se encontró una pila de granito que no ha podido datarse con exactitud. Al localizarse en una zona de cocina estaría destinada a la preparación de alimentos o como artesa para amasar pan. En ella se observan huellas oblicuas pareadas y en zig-zag lo que hace pensar que sirvió de base para realizar cortes utilizando posiblemente una sierra.
A esta etapa se adscriben una serie de hoyos de almacenaje, posiblemente para grano y vasijas, que aparecen prácticamente en todas las habitaciones y en el peristilo; la sala absidiada es el único espacio en el que no se encontraron estos silos. Las cenizas y otros materiales hallados en el interior de los hoyos contribuyen a hacerles estancos impidiendo la germinación del grano y la plaga del gorgojo. - Inicios del siglo VI hasta finalizar el VII. Se reutiliza el espacio existente, los muros que se levantan por encima de escombros son de peor calidad y sin argamasa que una los materiales que los conforman
Las actuaciones arqueológicas que se realizaron en el año 2016 muestran indicios de que la zona residencial y en conjunto toda la villa, tenía unas dimensiones mayores a las que en un principio se habían propuesto. La aparición de restos de mosaicos indica que en su época de mayor actividad la villa debió ser un centro de producción importante perteneciente a un dominus que la utilizaba como residencia habitual o podía pasar temporadas en ella para supervisar la producción o descansar.
Aunque la villa no fue abandonada del todo, se observa su progresivo deterioro que pudo haber sido la consecuencia de acontecimientos naturales o provocados. Quedaron en ella un grupo de colonos que continuaron con una precaria actividad agrícola, en un edificio muy fragmentado en el que faltaba, en gran parte del mismo, su techumbre y donde esta carencia sería suplida con toldillos o chamizos (tugurium). Se trataría de una comunidad rural pequeña, con una economía de subsistencia y una organización heredada del mundo romano, pero ya en transición hacia las formas sociales de la Edad Media.
Bibliografía y fuentes consultadas
- Blasco Bosqued, María Concepción (coord); Lucas Pellicer, María Rosario (coord) (2000). El yacimiento romano de la Torrecilla: de Villa a Tugurium. Servicio de Publicaciones de la Universidad Autónoma de Madrid, D.L. 2000
- Columela, Lucio Junio Moderato (1824). Los doce libros de agricultura. Traducción de Juan María Álvarez de Sotomayor y Rubio. Imprenta de D. Miguel de Burgos, Madrid, 1824
- Polo López, José y Valenciano Prieto, María Carmen (2022). Caracterización y delimitación de la ciudad romana de «Titulcia» (Titulcia, Madrid). Tempus romae Madrid, Encuentro de Caminos. Museo Arqueológico Regional, Comunidad de Madrid.,2022, ISBN 978-84-451-3977-6, págs. 173-209
- Varrón, Marco Terencio (1992). De las cosas del campo (De re rustica). ed. de Domingo Tirado Benedí (2ª edición). México, D. F.: Universidad Nacional Autónoma de México. ISBN 968-36-1701-8
- Vitrubio Polión, Marco (2021). Los diez libros de arquitectura.
