Introducción

En el término municipal de Getafe se encuentran los restos de la villa romana de La Torrecilla, declarado en mayo de 2025 Bien de Interés Cultural en la categoría de Zona Arqueológica, por el Consejo de Gobierno de la Comunidad de Madrid; la protección de este bien patrimonial  debe ser el objetivo de todas las administraciones y la ciudadanía. Como paso previo a la protección está el conocimiento y valoración de este importante legado que hemos heredado, por lo cual creemos necesario explorar en los acontecimientos históricos que tuvieron lugar antes y durante el proceso de romanización.

Como mencionaremos más adelante, todo el espacio que hoy conforma la Comunidad de Madrid formaba parte de lo que las fuentes escritas clásicas denominaban Carpetania, territorio que estaba ocupado por diferentes comunidades desde antes de la llegada de los conquistadores romanos.

Existen una gran cantidad de publicaciones y páginas web que tratan sobre este tema, nosotros hemos intentado aportar un poco más a toda esta literatura, intentando sintetizar los hechos históricos, tratando de resaltar todo aquello relacionado con la Carpetania, sus habitantes y expresamente lo referido a Getafe y las transformaciones que acontecieron en este territorio y a sus pobladores.

Los pueblos prerromanos

Durante la Edad del Hierro, antes de la llegada de los conquistadores romanos, la península ibérica estaba habitada por una serie de pueblos a los que genéricamente se ha denominado prerromanos.

Las fuentes escritas griegas, como Hecateo de Mileto (c. 560-480 a.C.) y Heródoto (484-425 a.C.) utilizaron el término íbero para referirse a un conjunto de pueblos que ocuparon la mitad meridional y la franja costero mediterránea de la península ibérica. Desde finales de la Edad del Bronce y durante la Edad del Hierro, las comunidades autóctonas que allí estaban establecidas van experimentado una serie de cambios sociales, culturales y económicos que se verán acentuados por los aportes e influencias que recibieron primero de los navegantes fenicios que establecieron colonias en la costa entre los siglos XI y VIII a.C. (Cádiz, Málaga, Almuñécar, Adra), y posteriormente de los griegos, entre los siglos VII-VI y IV a.C. (Ampurias, Rosas). Sin embargo, la presencia griega no se limita a estas dos colonias norteñas del litoral mediterráneo, el historiador griego Heródoto relata que los griegos de Focea habían establecido intercambios culturales, diplomáticos y económicos, durante el siglo VI a.C., con Argantonios rey de Tartessos. Por otra parte, la arqueología ha sacado a la luz una gran cantidad de objetos de procedencia helénica a lo largo del litoral mediterráneo, lo que evidencia aún mas una intensa actividad cultural y comercial.

Los pueblos que establecieron colonias en la costa mediterránea aportaron a las comunidades autóctonas nuevos conocimientos y técnicas, como el torno de alfarero, la metalurgia del hierro y el perfeccionamiento del cultivo del trigo, vid y olivo. Estos adelantos facilitaron la producción de alimentos y en paralelo el surgimiento de unas élites guerreras y comerciales fuertes que necesitaban centros de poder para controlar el territorio, la artesanía y el comercio, surgen de esta manera los oppida, poblados fortificados, situados generalmente en altura, que sirvieron como centro urbano, político y económico.

El desarrollo de la actividad económica y comercial de estas colonias propició que los productos que traían llegaran a distribuirse hacia el interior de la península, especialmente a través de los valles de los ríos (Ebro, Júcar, Turia y Segura) y de los caminos tradicionales de trashumancia. Recordemos en este sentido que en Getafe se recuperaron objetos como la fíbula de codo ad occhio en el yacimiento del Marqués de Perales o el brazalete de oro de la Torrecilla, los cuales no son atribuibles a artesanos locales sino fruto de intercambios comerciales u obra de algún taller itinerante.

A las fuentes escritas citadas se añaden crónicas geográficas e históricas de autores como Estrabón, Plinio el Viejo, Polibio, Apiano y Pomponio Mela que describen otros pueblos que habitaban el norte, centro y oeste peninsular y que son el resultado del sincretismo cultural entre los pueblos nativos y los que en sucesivas oleadas migratorias llegaron a sus tierras y que genéricamente se han denominado pueblos indoeuropeos. Este término se utiliza para denominar a un conjunto de pueblos (entre ellos los celtas) que, llegados a la península, a través de los Pirineos, desde el este europeo a finales de la Edad del Bronce (siglos X al VIII a.C.), introdujeron en los pueblos autóctonos unos cambios importantes en el lenguaje, cultura, economía y estructura social. Estos cambios se pueden apreciar ya desde la Primera Edad del Hierro (siglo VIII hasta mediados del siglo V a.C.) en la disposición en los espacios internos de los asentamientos y en una mayor variedad en cuanto a tipología de viviendas, así como en la cerámica y en el mundo funerario.

Será en “los primeros momentos de la Segunda Edad del Hierro (entre la mitad del siglo V y el siglo I a.C.) cuando comiencen a definirse los territorios de los pueblos prerromanos que habitaban la Península, entre ellos la Carpetania” (Azcárraga, 2014). Sin embargo, hay que tener en cuenta que la literatura grecolatina, que es la principal fuente de conocimiento de los pueblos prerromanos de la Península Ibérica, adolece de problemas de interpretación derivados del desconocimiento que algunos autores clásicos tenían acerca de aspectos geográficos y etnográficos de la Península, a esto hay que añadir que la propia acción de conquista del territorio por parte de Roma había “desintegrado paulatinamente las unidades indígenas” (González-Conde, 1992), todo ello nos debe llevar siempre a tener presente que los límites territoriales de cada pueblo no son precisos.

Las comunidades que habitaban la Península Ibérica se vieron implicadas en los avatares de las guerras púnicas que libraron cartagineses y romanos. Así, acabada la Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.), Cartago inició su expansión por el sur de la Península con el fin de obtener recursos, tributos y mercenarios con los que afrontar las reparaciones de guerra a Roma. En este contexto, en el 221 a.C. tiene lugar la expedición de Anibal por el interior de la Meseta para someter a los pueblos y obtener mercenarios, llegando a tomar Helmantike (Salamanca) y venciendo a una coalición de carpetanos y olcades junto al río Tajo. Esta expansión se llevó a cabo también por el litoral mediterráneo, llegando hasta el sur del río Ebro, siendo tolerada esta presencia por los romanos. Sin embargo la ciudad de Sagunto, que tradicionalmente mantenía tratados con Roma, renueva su alianza con ella, desencadenando un nuevo motivo de guerra entre romanos y cartagineses al entender éstos que la ciudad se encontraba en su zona de influencia.

Una vez que la ciudad fue sitiada y conquistada por Anibal daría comienzo la Segunda Guerra Púnica (218-202 a.C.). Nuevamente tendrían lugar reclutamientos forzosos por parte de los cartagineses, Tito Livio narra como 3.000 carpetanos fueron licenciados por el general cartaginés al negarse a cruzar los Pirineos en su marcha contra Roma.

Roma en la Península Ibérica entre el 218 y el 27 a.C.

En el año 218 a.C. el Senado romano nombra cónsul a Publio Cornelio Escipión, asignándole la intervención militar en Hispania con el objetivo de cortar las líneas de suministro de los cartagineses que marchaban hacia Roma. Esta empresa fue llevada a cabo por su hermano Cneo quien ese mismo año desembarcó en Ampurias y tras derrotar a los cartagineses establecería un campamento militar en Tarraco que a la postre se convertiría en la capital de la provincia Citerior. Comenzaría un periodo de luchas que terminaría en el año 206 a.C. cuando la ciudad de Gades (Cadiz), último baluarte púnico en la Península Ibérica se entrega a los romanos poniendo fin a la presencia cartaginesa en Hispania.

A partir del 205 a.C. Roma enviará regularmente a Hispania dos magistrados, comienza con ello el proceso de romanización y la organización de los territorios conquistados. La nueva configuración de la provincia denominada Hispania queda materializada en el año 197 a.C. con la división en dos provincias, Citerior y Ulterior, al frente de las cuales figuran dos procónsules, quedando el territorio carpetano integrado en la Citerior. La expansión de Roma hacia el interior de la península y la toma en el año 192 a.C. de la ciudad carpetana de Toletum, chocó frontalmente con los intereses de los pueblos celtíberos, con quienes sus vecinos carpetanos mantenían estrechas relaciones y alianzas militares. Esta lucha por el control del valle medio del Tajo fue uno de los desencadenantes de lo que se ha dado en llamar la Primera Guerra Celtibérica, que tuvo lugar entre los años 187-179 a.C.

Finalizada esta campaña Tiberio Sempronio Graco inició una política de reparto de tierras cultivables y creación de asentamientos estables para fijar a las poblaciones indígenas, atrayéndose a una importante marginalidad de sectores de población que no tenían medio alguno de subsistencia, de esta forma se sentaban las bases para la explotación económica de la Carpetania y la organización de los territorios en ager publicus. Por otra parte, se derribaron poblados fortificados, se obligaba a pagar un tributo anual a Roma y se dio la posibilidad de que los indígenas se integrasen en el ejército romano como tropas auxiliares. Con la Carpetania ya definitivamente pacificada entre el 180 y el 150 a. C. y sus campos produciendo el suficiente cereal para abastecer a las legiones en sus cuarteles de invierno, se convierte “en una de las primeras regiones del interior peninsular en asumir el poder de Roma y comenzar así su romanización, primero como aliados defendidos por los ejércitos establecidos en su territorio” (Azcárraga, 2014).

El alineamiento de este territorio con Roma, su paulatina prosperidad y su gran valor estratégico como zona de paso entre el valle del Duero y la depresión del Tajo, y a través del corredor del Jalón poder acceder al valle del Ebro,  le supuso que se vieran involucrados en las guerras entre lusitanos y romanos entre el 154 y el 137 a. C., siendo posiblemente la Carpetania saqueada por los lusitanos al mando de Viriato en diferentes oleadas desde el año 147 a.C., aunque algunos investigadores ponen en duda la presencia de Viriato en la Carpetania.

Las fuentes escritas clásicas apenas mencionan a la Carpetania en los conflictos bélicos que se dieron posteriormente: Guerra Sertoriana (82-72 a.C.), guerras civiles entre César y Pompeyo (49-45 a.C.) y guerras cántabras (29-19 a.C.) dirigidas Augusto, quien en el año 27 a.C. inaugura la época imperial al ser nombrado por el Senado primer emperador de Roma.

Alto Imperio (27 a.C.-284 d.C.) 

Augusto acometió la reforma de la administración romana con el fin de centralizar el poder, en ella se incluía una división territorial que permitiría un gobierno más ágil y seguro. En el caso de Hispania, dividió la provincia Ulterior en dos, Lusitania y Baetica, y la Citerior pasó a llamarse Tarraconensis; a su vez las provincias quedaban divididas en conventus iuridici. La mayor parte del territorio carpetano estaba integrado en la Tarraconesis y dentro de ella estaba dividida en dos conventus: el Caesaraugustanus (Caesaraugusta) que incluía Complutum y el Carthaginensis (Carthago Nova) en el que se ubicaban Toletum, Mantua (posiblemente cerca de la actual Villamanta) y Titulcia (que podría identificarse con la actual Titulcia).

Comienza una etapa en la que se producen importantes cambios en Hispania, se reorganizarán los viejos núcleos prerromanos (oppida), en menor medida se crearon nuevos centros urbanos donde antes no existía nada, en la Comunidad de Madrid únicamente Complutum (Alcalá de Henares) podría asemejarse a una auténtica ciudad clásica ya que en ella se adoptó el “modelo urbanístico romano con la vitalidad y el simbolismo que propugnaba el Estado Romano” (Fernández y Salido, 2016). Se produce la roturación de grandes zonas boscosas y se desarrolla el trazado de la red viaria; por la Carpetania transcurrirán las vías 24 y la 25 del Itinerario de Antonino. Apoyándose en la red de caminos y los cursos fluviales se procedió al reparto de tierras para la explotación agropecuaria, así se ha podido constatar que la mayor concentración de establecimientos rurales se sitúa en torno a los valles fluviales del Guadarrama, Manzanares, Henares y Jarama.

Los asentamientos rurales en época alto imperial se caracterizan por una gran presencia de pequeñas propiedades campesinas, junto a un paulatino aumento de villas agrícolas especializadas (villae). El término villa puede hacer referencia tanto a construcciones modestas, el equivalente a una granja, como a grandes centros de explotación rural, estas últimas se identifican con el sistema de producción latifundista que caracteriza la economía rural romana del Alto Imperio.

Estos grandes centros tenían un número indeterminado de edificios en los que se podían distinguir dos zonas: pars urbana, destinada a residencia del dueño (possessor o dominus) y su familia, y también a la gestión de los asuntos relacionados con la administración de las propiedades; por otra parte encontramos la pars rustica donde estarían las áreas de habitación de la servidumbre y los lugares destinados a los procesos productivos (pars fructuaria), como podían ser las bodegas, prensas, molinos, hornos, etc. Estas propiedades estaban orientadas hacia la producción agrícola de cereales (trigo y cebada) y leguminosas, pero también encontramos otros cultivos como vid y olivo.

En la Comunidad de Madrid se han identificado establecimientos rurales tipo villae en: Carabanchel, Villaverde Bajo, La Torrecilla (Getafe), Valdetorres del Jarama, El Val (Alcalá de Henares), Villa de los Anios/ Casa de Hippolytus (Alcalá de Henares, Tinto Juan de la Cruz (Pinto) y La Pingarrona (Boadilla del Monte).

Bajo Imperio (284-476 d.C.) 

Desde mediados del siglo III ya había comenzado un periodo de anarquía militar que provocó un debilitamiento de las estructuras del estado, con usurpaciones y escisiones territoriales que manifestaban la ausencia de un poder político fuerte y centralizado; en un periodo de cincuenta años hubo más de veinte emperadores. En el caso de Hispania asistimos a invasiones de francos y alamanes (264-266 y 276), que producen una transformación de los sistemas económico, social y cultural. Así se observa que en algunas ciudades hubo un descenso en la superficie habitada que llevaría a una caída de la actividad comercial, paralelamente se produce un rechazo de las élites a participar en la vida urbana.

Hacia finales del siglo III comienzan a aumentar el número de latifundios, según algunos autores (Blázquez, 2007) “los invasores … no arrasaron los cultivos, ni expulsaron a los dueños de las fincas, sino que se quedaron con parte de las explotaciones agrícolas y vivieron de ellas…”

Durante el siglo IV, a raíz de las reformas de Diocleciano, se abre un periodo de estabilidad política, social y económica. Un cambio importante fue la división de las tres provincias de época altoimperial pasando ahora a seis: Baetica, Lusitania, Carthaginiensis, Gallaecia, Tarraconensis y Mauritania Tingitana, que hasta entonces había sido una provincia romana perteneciente a la diocesis Africae, pasando ahora a pertenecer a la diocesis Hispaniarum

En el centro de la península se aprecia la existencia de un poblamiento más denso que en el periodo precedente, predominando los asentamientos de carácter rural estable y el surgimiento de grandes latifundios. Es a lo largo del siglo IV cuando se consolida el colonato, que impulsado por la crisis económica precedente, la inseguridad y la ruralización, hizo que agricultores libres, empobrecidos, se vincularan a la tierra de grandes latifundios a cambio de protección, convirtiéndose de esta manera en coloni.

Entre finales del siglo IV y principios del V nuevos acontecimientos vuelven a desencadenar graves consecuencias económicas y sociales. La llegada de los pueblos germánicos derivó en una crisis demográfica y el colapso económico, la desintegración del Imperio Romano de Occidente tuvo su reflejo en Hispania, que en el 411 “se reparte entre los pueblos bárbaros: la Lusitania y la Cartaginense se asignan a los alanos; los vándalos adsingos, con su rey Gunderico al frente, se establecen en la Gallaecia oriental; los suevos ocupan la Gallaecia occidental atlántica, y los vándalos silingios (acaudillados por Fredbalo) obtienen la Baetica; del reparto quedan excluidas la Tarraconense, las Baleares y Mauritania Tingitana” (RAH).

En el mundo rural muchas villae se fragmentaron, los espacios residenciales fueron reocupados por “pequeñas comunidades que no dudan en horadar mosaicos para levantar cabañas, hogares, despensas y establos, como se ha podido comprobar en los restos de la antigua villa romana de El Val en Alcalá de Henares”. (Fernández y Salido, 2016). 

Es en estos tiempos convulsos cuando se produce el movimiento de la población a lugares fortificados situados en altura, reocupándose algunos castros de la Edad del Hierro. Estos establecimientos, desde mediados del siglo V d. C., llegarán a constituirse en centros políticos locales, siendo denominados por las fuentes clásicas como castra y castella.

Era tal el estado de inseguridad e incertidumbre de la población que se dio en diversos asentamientos romanos el fenómeno de la ocultación de objetos valiosos y cotidianos con la idea de recuperarlos en el futuro. Es el caso del ocultamiento de la calle sur de Getafe donde se preservaban herramientas y objetos de bronce y hierro.

La pérdida del control hispano por parte de Roma puede establecerse con la entrada de los visigodos en Hispania, cuando en el 414 a las órdenes de Ataúlfo establecieron su corte en Barcino (Barcelona). En el 416, el rey godo Valia pactó con Constancio luchar como aliado contra los vándalos silingios, alanos y suevos que ocupan Hispania.

Le pérdida definitiva tiene efecto en el 418 cuando el emperador Honorio, establece un pacto o foedus con Valia, mediante este acuerdo se reconoce la alianza establecida entre romanos y godos desde hace dos años, y comporta para estos últimos el mantenimiento de la colaboración militar con Roma en Hispania y Galia, y plena autonomía política en los territorios cedidos.

El final del Imperio Romano de Occidente se sitúa en el año 476 d. C., cuando Odoacro, jefe germánico, depuso a Rómulo Augústulo, proclamándose gobernante de Italia.

Yacimientos en el término municipal de Getafe

Yacimientos Hispania romana en Getafe

Bibiliografía y fuentes consultadas

  • Azcárraga Cámara, Sandra (2014). La Carpetania Centro-Septentrional entre la segunda Edad del Hierro y la Época Romana (ss. III aC – I dC). El valle bajo del Henares. Tesis Doctoral, Universidad Autónoma de Madrid, Madrid, 2014.
  • Blázquez Martínez, José María (2007). La Hispania del Bajo Imperio. ¿Decadencia o metamorfosis?.  Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
  • Bravo Bosch, María José (2008). Itinerario histórico-jurídico desde los comienzos de la Hispania romana a los primeros “cives”. Hispania Antiqua, nº 32, pp. 93-106, 2008.
  • Fernandez Ochoa, Carmen Salido Domínguez, Javier (2016). El poder de Roma. En Madrid, una historia para todos nº. 5. Comunidad de Madrid, 2016.
  • González-Conde Puente, Pilar (1987). Romanidad e indigenismo en Carpetania.  Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
  • Morín de Pablos, Jorge et alii (2003). El hábitat rural durante la época romana en la Comunidad de Madrid. Bolskan, pp. 177-189, 2003.
  • Real Academia de la Historia (RAH). Historia hispánica. https://historia-hispanica.rah.es/
  • Salido Domínguez, Javier et alii (2014). Las formas de ocupación rural en Hispania. Entre la terminología y la praxis arqueológica. Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid (CuPAUAM), n.o 40, pp. 111-136, 2014.

Origen de las imágenes:

Mapa pueblos prerromanos: https://www.profesorfrancisco.es/2017/04/hispania-romana.html

Mapas de Hispania: Banco de recursos de la Junta de Andalucía